Revista Española de Cardiología Revista Española de Cardiología
Rev Esp Cardiol. 2016;69:623-4 - Vol. 69 Núm.06 DOI: 10.1016/j.recesp.2016.04.002

Alfonso Castro Beiras, mucho más que un médico

Eduardo de Teresa a

a Servicio de Cardiología, Hospital Clínico de Málaga y Universidad de Málaga, Málaga, España

Artículo

El Dr. Alfonso Castro Beiras murió inesperadamente a principios de febrero de este año. Su trayectoria profesional, el impacto que tuvo en la Sociedad Española de Cardiología y, aún más, su rica y compleja personalidad son difíciles de resumir en unas líneas; más difícil aún es llenar el hueco que deja su ausencia.

Alfonso nació en Santiago de Compostela, ciudad en cuya universidad estudió con brillantez Medicina y obtuvo el premio extraordinario fin de carrera. Posteriormente se trasladó a Madrid, a una Clínica Puerta de Hierro puesta en marcha pocos años antes por un conjunto de médicos visionarios bajo la dirección de José María Segovia de Arana, también recientemente fallecido. Tras el internado rotatorio y un tiempo en que se inclinó por la medicina interna en el servicio de Juan López de Letona, se decantó finalmente por la cardiología, realizando su residencia en el servicio dirigido por Manuel de Artaza. Era aquel un servicio pequeño, cuyos miembros se habían formado en su mayor parte en el prestigioso Instituto Nacional de Cardiología de México; por el contrario, la hemodinámica, bajo la dirección de Valentín Martín Júdez, provenía de la escuela inglesa. Esas dos influencias, más clínica una, más técnica otra, contribuyeron a crear un ambiente especial, intelectualmente estimulante y jerárquicamente liberal. El cuadro se completaba con una magnífica cirugía, con grandes figuras dirigidas por Diego Figuera. A ese especial entorno, en el que se formaron muchos de los cardiólogos españoles, contribuyó de manera decisiva Alfonso, primero como residente, más tarde como médico adjunto del servicio donde se había formado. Pocos años más tarde, regresó a su Galicia natal para poner en marcha la cardiología del Hospital Juan Canalejo de A Coruña. La aventura no fue fácil en una época en que la medicina española estaba dominada por los grandes hospitales de Madrid y Barcelona pero, con el tiempo y venciendo no pocas dificultades, consiguió, con la ayuda de algunos cardiólogos y cirujanos también formados en el Puerta de Hierro y muchos otros formados bajo su dirección en A Coruña, lo que hoy es una unidad referente en la atención a las cardiopatías en nuestro país. Más de 250 artículos en revistas, así como numerosos libros y tesis doctorales dirigidas, avalan su capacidad investigadora. Catedrático de Cardiología e impulsor del Instituto Universitario de Ciencias de la Salud de la Universidade da Coruña, Alfonso Castro fue Presidente de la Sociedad Española de Cardiología entre 1997 y 1999, y se lo recuerda como uno de los grandes presidentes de nuestra Sociedad. Durante su mandato emprendió una serie de reformas y mejoras en la infraestructura de la Sociedad Española de Cardiología que culminaron con la inauguración de su sede actual, la Casa del Corazón.

Todos estos datos traducen la altura profesional de un cardiólogo, pero sin duda son de poca utilidad, por lo excesivamente fríos, para acercar su personalidad a aquellos que no lo conocieron. Alfonso era un gran médico pero, más allá de su campo del saber, era un sabio, en el sentido que Fromm da a este término, oponiéndolo al de erudito, que meramente adquiere conocimientos como el que almacena propiedades. En Alfonso los conocimientos eran herramientas que ampliaban su visión del mundo y lo transformaban —si esto era posible— en alguien más cercano a la realidad del entorno y con una mayor comprensión de la debilidad del ser humano. Eso le permitía ser un líder, pero un líder cercano, que no intentaba ejercer su liderazgo mediante otra autoridad que la de la persuasión; al mismo tiempo que, sin proponérselo, era capaz de hacer sentir a su interlocutor la sensación de ser alguien realmente valioso y cuyas opiniones importaban. Por otra parte, pertenecía a esa escasa clase de líderes que no se limitan a analizar con precisión los motivos del cambio, sino que son capaces de anticipar ese cambio, orientarlo y dirigirlo. Y esto no solo en medicina, sino en el más amplio terreno de la sociedad, pues su siempre activa curiosidad le hacía estar permanentemente atento a todo lo nuevo en los campos que él consideraba relevantes. Quizá por ello fue consejero imprescindible de las más altas organizaciones políticas sanitarias, independientemente del color político de estas. Su fina ironía, que en parte entroncaba con la de su paisano, colega y tocayo, Alfonso Castelao, nunca se empleaba para zaherir ni para mofarse de los demás, sino que estaba impregnada de una entrañable ternura por el otro. Su brillantez intelectual, a veces deslumbrante, era con frecuencia atemperada de forma voluntaria por su carácter amable, cercano, llano, capaz de explicar de manera comprensible los conceptos más complejos de la medicina. Ni que decir tiene que esta cualidad, junto a muchas otras, hizo de él eso que conduce a los enfermos a hablar de un médico como «mi médico». Su sentido clínico iba más allá de la concepción mecanicista de la enfermedad, ya que se interesaba por el ser humano que la padecía y las circunstancias que la modulaban, penetrando allá donde las guías de práctica clínica no alcanzan; su larga convivencia con la enfermedad, incluso como experiencia propia, le había enseñado el valor terapéutico del contacto personal, cuando el enfermo lo percibe como genuino interés por sus problemas. Y todo en el contexto de una práctica teñida con una herramienta seriamente amenazada en la exigente medicina actual: el sentido común. Ese sentido común que le llevaba a afirmar, citando a otro gran clínico: «El médico debe conocer lo último, pero aplicar lo penúltimo». Excelente anfitrión, magnífico conversador, supo siempre crear el ambiente propicio, con la ayuda imprescindible de Carmen, su esposa, compañera y amiga, para convertir en cálida y acogedora cualquier reunión en la que estuviera presente.

No cabe duda de que Alfonso Castro Beiras dejó huella en la cardiología española, pero no la huella efímera en el camino que el tiempo borrará inexorablemente, sino la huella viva y proyectada hacia el futuro en los que le conocieron y fueron sus discípulos, cuya actuación quedará impregnada de su estilo y de su ejemplo. Y, por supuesto, en la Sociedad que presidió, cuya realidad actual tanto le debe.

Descanse en paz.

0300-8932/© 2016 Sociedad Española de Cardiología. Publicado por Elsevier España, S.L.U. Todos los derechos reservados.

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